La conspiración, los laburantes, las representaciones

Los infernales nos acordamos hace más de un año haber escuchado en un debate sobre el modelo sindical a Julio Piumato contar que las banderas de libertad sindical como sinónimo de múltiples centrales obreras fue una herramienta de las clases dominantes europeas tras la segunda gran guerra eurocéntrica. Piumato contó que al finalizar lo que europeos y yanquis llaman “Segunda Guerra Mundial”, los sectores dominantes europeos se encontraron que en cada país la devastación era total, y prácticamente todas las instituciones estaban quebradas y arruinadas: las grandes empresas, el sector público, las fuerzas armadas. En medio de ese caos debían encarar la reconstrucción de los países en crisis ante una realidad tremenda con un actor que los estremecía: las centrales obreras estaban aún de pie y no habían sufrido tanto la destrucción, a la vez que predominaba en ellas visiones cercanas al comunismo, con un vecino que lo estaba construyendo aceleradamente y no estaba diezmado como ellos. Ante el peligro del avance de los trabajadores, enarbolaron la bandera de la libertad sindical para fragmentar y atomizar el poder concentrado de la única institución en pie con capacidades de disputarles el liderazgo de la reconstrucción de europa. Y parece que les fue bien, no?

En la argentina sin embargo, la historia del sindicalismo organizado, desde el General para acá, tiene algunos matices en ese sentido, y resulta edificante conocer el origen de este reclamo del progresismo bienpensante en un momento en que se debate fuertemente el sindicalismo y su organización ante el asesinato de un pibe del PO por una patota de los gordosa y el fracaso estrepitoso de las elecciones en la CTA.

En verdad casi siempre hubo dos grandes agrupamientos sindicales vinculados a la CGT, cambiantes en cada momento histórico. Una CGT oficial generalmente cercana al poder, y un grupo de gremios disidentes de la orientación oficial del gobierno y de la conducción sindical. No siempre la CGT oficial fue la mayoritaria, pero siempre tuvo claras vinculaciones con el oficialismo político o militar, fuera este legítimo o usurpador. La más recordada de estas disidencias seguramente es la CGT de los Argentinos de los 70, con una gran cantidad de ricos aportes para rejuvenecer la tradición sindical argentina.

Sin embargo durante el menemato, un peronismo vaciado en su práctica y sus perspectivas a futuro por el genocidio de los 70, sufrió su casi golpe de gracia: despidos masivos adobados por la pérdida de rumbo histórico del movimiento y de la sociedad,  y una posibilidad única y concreta para los sindicatos de reconvertirse en organizaciones con fines de lucro grupales (para el grupo que las conducía, obvio). La casi única posibilidad de ascenso social para algunos integrantes de las clases bajas durante el neoliberalismo fue participar en organizaciones sindicales reconvertidas en grupos económicos, además claro del narcotráfico y el fútbol en su amplio mundo.

Al calor de ese proceso, surgieron las disidencias más fuertes de esa CGT empresaria y ajustadora: el MTA y la CTA, que se ampararon en la verguenza histórica y en condiciones materiales objetivas de sus afiliados en relación con la actividad económica del país, para traccionar a la sociedad en la pelea por volver a tener un país que deje de generar excluidos.

El presente

Si miramos ahora, el derrotero de esos grupos que pensaron y batallaron la recuperación sindical y laboral de la argentina marca la real dimensión de cada una y nos asoma a las perspectivas de su futuro.

La dirigencia del MTA, con más pragmatismo que ideología política, pero asentada en los más fuertes valores de la tradición peronista, terminó asociando su futuro político al del proyecto nacional, a pesar de haber optado en el 2003 por otro candidato. Un trabajo paciente y aceitado, sindical, político y social muchas veces desdeñado llevó a Moyano primero a ser elegido uno de los Secretarios Generales de la CGT a la que volvió para reconducirla a su marco histórico,  hasta lograr una conducción más o menos asentada (no en mayoría en su seno pero si respetada), y volver a reposicionarla en el crentro del debate del modelo político argentino. No es casual además su inserción en el ministerio de trabajo, de salud y de transporte, así como en la cámara de diputados que marcan una capacidad habitualmente no reconocida para tejer un entramado de alianzas políticas, empresariales y sociales para asentar la recuperación de la CGT. Más allá de coincidir o no, tiene un objetivo claro: reconstruir el poder del movimiento obrero organizado y ser la cabeza de esa fuerza social, mejorando su calidad de vida como en los mejores momentos del peronismo.

El grupo que originalmente formó el Congreso de los Trabajadores Argentinos, por su parte optó por una visión tal vez más ideológica, profundizando su mirada hacia una integración social de los trabajadores desocupados para incorporarlos a un sindicalismo de nuevo tipo, pero con una mirada que en definitiva terminó transparentando un derrotismo solapado: nunca más los trabajadores iban a ser el centro organizador de un movimiento político de masas, por lo que desde la fragmentación había que construir una alternativa aguerrida y claramente delimitada desde lo ideológico para dar el debate en una sociedad que a largo plazo no volvería a tener movimiento nacional por mucho tiempo. La muerte del peronismo, tantas veces anunciada, y el triunfo del neoliberalismo como modelo de desarrollo, estaba seguramente como transfondo asumido implícitamente en esa elección de proyecto sindical. Una perspectiva que también tejió fuertes alianzas sociales y políticas vinculadas más fuertemente a la clase media y el mundo académico y educativo, y optó en sus alianzas empresarias por los pequeños y medianos, y un actor decisivo que estaba fuertemente en ascenso: los multimedios informativos como punta de iceberg de pulpos económicos vinculados al nuevo modelo agroexportador. Como consecuencia natural, la opción política fue con un experimento destinado al fracaso por el mismo preconcepto de futuro: el Frente Grande como tercera fuerza política que venía a hacer pie entre radicales y peronistas, ya perdidos irremediablemente en sus raíces de movimientos popular, y amparado en la mediatización de la política como herramienta de nuevo tipo.

Tal vez el fallecimiento del dirigente más lúcido de este grupo, Germán Abdala, haya sido determinante en la incapacidad posterior de la CTA para reajustarse al nuevo escenario político y social surgido en el 2003, a pesar de haber tenido fuertes lazos con el proyecto nacional en sus inicios.

Así hoy tras expulsar de su seno a los movimiento sociales mayoritarios, y la incapacidad para trascender al mundo del trabajo no estatal, la CTA se debate entre oficializar su reconversión como pata social de diferentes proyectos políticos, o reintegrarse a la reconvertida CGT de Moyano sin capacidad de negociar una incorporación que respete sus tradiciones e identidad sindical. En el medio, todas las pymes partidocráticas izquierdistas carroñan durante su estertor, haciendo leña antes aún de que termine de caer el árbol.

Por otra parte, el sector de los “gordos” sindicalistas devenidos empresarios que fue cómplice de la destrucción del movimiento obrero y la clase obrera durante los 90, fue perdiendo su hegamonía en la conducción de la CGT para organizar un nuevo agrupamiento por fuera, que se termina de reconfigurar en los últimos meses con el abandono de la federación de la alimentación de su lugar en la central sindical, estableciendo una alianza de hecho con la cgt disidente de barronuevo y el bobo benegas.

Los realineamientos, el dabate

El asesinato de Martín Ferreyra cae en un momento bisagra del sindicalismo argentino de cara a los próximos años, reafirmando tendencias, dividiendo aguas, cristalizando una argamasa que se fue tejiendo estos ocho años al calor de la recuperación del movimiento nacional. Mientras la CGT se limpia de los sectores que vendieron al mejor postor a los laburantes durante los 90, y que hoy son punta de lanza de las corporaciones, la CTA se va licuando en la intrascendencia a causa del tironeo de fuerzas centrífugas que siempre la vieron como un proyecto político y no la organización que debía representar los intereses sociales de los trabajadores. Expulsando movimientos sociales, dejando a la intemperie a sindicatos no tan fuertes en momentos de conflictos particulares de sus sectores, y acercando a su seno a los buitres de la partidocracia izquierdista como herramienta de desguace de su estructura. Una subordinación de la defensa social ante los proyectos políticos personales.

El grupo que hoy conduce la CGT encarna una concepción de construcción de mayorías, con bastantes vicios y porosa a los negocios empresarios, aún tolerante con prácticas patoteras y amiguistas que vacían los sindicatos de laburantes, con limitaciones organizativas para incorporar masivamente a las nuevas camadas juveniles, pero con una convicción que se mostró inquebrantable de las posiblidades de reconstruir un movimiento nacional con una impronta muy fuerte de los trabajadores organizados, que haga pie en la organización económica, social y política del país, con una fuerte valoración de la fuerza propia. Asentada en valores históricos del peronismo, pero abriéndose a nuevas perspectivas de futuro a medida que va consolidando su posición como conducción del movimiento obrero organizado.

Los infernales tenemos simpatías con la CTA, porque nos ha cobijado en los peores momentos, porque somos trabajadores flexibilizados y pocos gremios de la CGT tienen la perspectiva moyanista de ampliar sus afiliados. Pero no vemos ninguna perspectiva en un sindicalismo que nació como concepción de minorías, y que plantea traducir a los privados una concepción fragmentaria del sindicalismo de la que es protagonista en el estado. Gremios chicos, organizados alrededor de concepciones muy ideológicas, capaces de integrar nuevas formas organizativas pero condenados al rol de minorías por su propia concepción. Es decir a la medida de las empresas: divide y reinarás.

El asesinato del militante del PO viene después de haberse encontrado estos dos sectores que por distintas razones están fuera de la CGT en un progresivo acercamiento político, prohijado por los beneficiaros del modelo sojero agroexportador: los chicos y los grandes. Mucha fuerza hizo la mesa de enlace como conducción social, los multimedios informativos como conducción económica, y tachuela como armador político. La pelea de la 125, la crisis económica internacional y la pelea por desfondar el estado asentado en reivindicaciones históricas del mundo izquierdista y ladriprogresista: no a la deuda, no a la intervención del estado en la economía, 82% para reprivatizar las jubilaciones, libertad de empres contrabandeada como libertad de prensa, prejuicios “ecologistas” para no desarrollar el potencial productivo del interior. La lucha social los fue acercando de a poco, el acto en monumento a los españoles en baires y el de la bandera en rosario durante el 2008, y la raquítica concentración del 82% en el senado hace poco los fue acostumbrando a caminar acercados sin hacerse tanto asco.

El proyecto nacional y la reorganizción social

Pero el avance político del nuevo modelo va más rápido que ellos, así como la mesa de enlace se resquebraja en medio del fracaso político opositor, a medida que el gobierno va definiendo estrategias de intervención claras en el sector agropecuario, así se deshacen las posibilidades de concertar nuevas movidas sociales cuando la CGT viene de organizar durante el 2009 y 2010 actos masivos e impecables con un claro horizonte:  peso de la fuerza organizada de los laburantes en el proyecto nacional: peso en las decisiones, en los lugares de poder, en la visibilidad, en las condiciones económicas. Es que el proyecto nacional es central en el debate del país, y va marcando el rumbo de los alineamientos, secundarizando otras contradicciones, poniendo blanco sobre negro los intereses y los objetivos.

En este marco, la convocatoria del 17 en la carpa que unió a múltiples referentes sociales y políticos del ala renovadora y la juventud del kirchnerismo con vistas a estructurar un espacio de peso a nivel nacional, y fuertemente articulado con el movimiento sindical de Moyano es otro paso fuerte en el protagonismo de las luchas sociales y los avances políticos.

La necesidad de frenar estos avances, antes aún de lograr amalgamar algo más el pastiche opositor, pone de nuevo como víctimas de la interna opositora a la izquierda sin rumbo. A los infernales nos duele que un pibe pague con su vida la necesidad de desestabilizar de un sector que sólo puede aspirar a la conducción de la oposición mediante un artificial conflicto social espejado con el reflejo de las luchas por el desastre que viven en europa los sectores populares. Para lograr esto una pelea frontal con movimientos sociales o sindicales kirchneristas resultaba difícil de llevar a cabo parece, probablemente porque el oficialismo más combativo está fuertemente concientizado de la búsqueda de desestabilización por parte de las corporaciones, y se cuida mucho más de caer en provocaciones (hasta ahora al menos).

El rol histórico del animémonos y vayan de los jefes izquierdistas, la capacidad para crear micromundos con realidades paralelas donde la revolución está a la vuelta de cada esquina, y la inexperiencia política de los jóvenes que llevan su política a la práctica, hace casi obvia la elección de las víctimas. Estaban buscando un muerto, conmoción social que lesione al gobierno en sus valores, poner en un brete las alianzas del oficialismo, cambiar el eje de la discusión. Para esto decidieron sacrificar temporalmente una parte de su alianza con la izquierda partidocrática, y como siempre las víctimas son los pibes.

Total, los jefes de las sectas izquierdosas tienen poca memoria y vergüenza, y ningún problema en ir y venir sobre sus pasos. Rápidamente echaron la culpa al oficialismo, licuaron las responsabilidades del poder judicial que siempre deja hacer al sindicalismo empresario y mira para el costado durante las patoteadas, y encontraron un modo de seguir perteneciendo a la alianza opositora a pesar de que el estratega de lomas y los mediáticos choros de bebés los estén sacrificando en el altar de la desestabilización.

Ahora la culpa la tiene el gobierno por no reprimir, por no dejar que la policía los cace como a perros como en el 2002, porque “arma patotas para privatizar la represión estatal”. Lo dicen sin ruborizarse, frente a los familiares del pibe que pagó con su vida la defensa del derecho al laburo de otros, mientras se niegan a colaborar con la justicia seguramente para no terminar haciéndose cargo de la cruda realidad: la violencia política y social es patrimonio del Grupo A, para no transparentar una interna en la conducción del conflicto opositor. El papelón del traslado de los restos del general organizado por los acólitos de tachuela, varios muertos durante los cortes por la 125, incendios de trenes en el conurbano, el escándalo frente al Ministerio de Educación semanas antes donde desbordaron a la policía y destrozaron el interior, y ahora las peleas desbordadas que terminaron con la vida de un pibe. La violencia como hecho político, como herramienta para obtener notoriedad, como conmocionante de la realidad, ante la impotencia por llevar la realidad a su esquema ideológico. La misma actitud de la ideología como religión antes que como orientador, del preconcepto que busca torcer la realidad, sea en la partidocracia izquierdista o en los defensores y beneficiaros de las corporaciones y el modelo agroexportador.

Lo que asoma

Tal vez el síntoma más fuerte de la capacidad de conducción del grupo que lidera hoy la CGT esté en la respuesta ante este hecho brutal: poner en debate la flexibilización y la tercerización, no sacarle el cuerpo al debate poniendo en primer plano el rol empresario, no antagonizar hacia lo comúnmente llamado izquierda dejándolos patalear en el aire.

Los primeros vistazos hacia el rumbo del debate público tras la conmoción son alentadores. Si la justicia finalmente asume su rol y condena al sindicalismo empresario y patotero, si toma fuerza social el debate sobre la flexibilización laboral y se avanza a una más rápida regularización, si el gobierno sigue tomando inciativa asumiento el centro de la escena para evitar los cascotazos mediáticos y transparenta algo los vínculos con las concesionarias de servicios públicos, habremos logrado conjurar la conspiración. Un primer síntoma fueron las marchas de repudio organizadas por la izquierda del grupo A, estaban todos y a pesar de eso no fueron realmente multitudinarias por su sesgo estrecho y sectario en la convocatoria, y la intención desembozada del aprovechamiento político de la muerte de un joven para objetivos mezquinos. La mejor comparación posible es con el asesinato de Fuentealba en Neuquén, cuando una concertación social de la CGT, la CTA y el mundo de la educación y la cultura puso en la calle un contundente rechazo al asesinato como forma de frenar el conflicto social. Se notan las diferencias, no?

Los infernales comparamos y tomamos nota, mientras le pedimos a la CTA que salga del laberinto por arriba, todavía no es tarde para que los gremios grandes que la integran aporten a la nueva CGT sus valores y tradiciones para fortalecer el renacer de la organización sindical como pilar del proyecto nacional.

Y repudiamos a los dirigentes sindicales-empresarios que mandan a matar pibes para conservar privilegios, y a los jefes izquierdistas que mandan al frente a pibes recien incorporados a la política, de manera irresponsable y para mantener su áurea de “organizacón revolucionaria” mientras muestran los muertos propios como un trofeo. ¿Y la justicia?… siempre al cobijo de las corporaciones empresarias. Asco y pena nos dan.

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